Ya no llueve! Domingo por la mañana, sentado en la arena húmeda mirando el océano. Unos cuantos surfistas a remojo esperando la ola. A mis espalda una tienda de campaña. Hace frío. La vida nómada y dura de los surfistas. Se dice que si las olas te llaman ya no te dejan. El sonido de las olas lo cobre todo, me entra en el cerebro y me quedo embobado mirando a lo lejos. Me siento parte de este paisaje, me siento parte del mar. Quiero estar solo. No es posible, llega Paolo y ya me toca. Primer día de surf. Rápidos nos ponemos la muta, el aire es fría. Tiemblo. Corro por la arena para calentarme. Las olas son montañas. La sensación de comunión con el océano se ha alejado. Me lanzo al agua, gritando! Las olas me golpean con fuerza. Me agarro con las uñas a la tabla, sin mucho éxito; El agua está helada! Llego por fin a una distancia razonable de la orilla, me posiciono para poder subirme a la montaña. Paolo grita: estaaa! La veo llegar algo asustado. Muevo los brazos frenético para coger velocidad, pero me parece estar embalsamado. La siento llegar. Percibo su potencia a mis espaldas. Empiezo a subir. El vacío abajo. Grito grito. Un chute de adrenalina se apodera de mi cuerpo. La ola me cubre, ya no veo, doy vueltas, agua salada en la boca, en la garganta! Necesito aire pero una fuerza me tiene abajo. Golpeo fuerte contra la arena, me levanto. Estoy mareado. Percibo otra ola llegar, es un momento. Otra montaña de agua me cubre, me da vueltas. Es la fuerza del océano. Un océano agresivo, peligroso, duro! Llego a la orilla tosiendo, dolorido. Me tiro en la arena temblando. El océano sigue igual, olas que se repiten, un tiempo circular, se repiten y se repiten.
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